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Yo Nezahualcóyotl lo pregunto: ¿Acaso de veras se vive con raíz en la tierra? No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí. Así dice el primer párrafo del poema de Nezahualcóyotl dedicado a la muerte, a la que cada fin de octubre —justo tras la fiesta de San Judas Tadeo— se rinde culto en México hasta el 2 de noviembre. La gente acude a los panteones y los llena de cempasúchil, veladoras, música, llanto, copal, platillos típicos, mezcal, tequila, cerveza y oraciones a los Santos Difuntos.
—Padre nuestro que estás en el cielo…
Murmuran los dolientes de quienes han partido recientemente, incluso el mismo día. Su dolor es tan fresco y desesperado como el de aquellos que regresan año con año, resignados, a visitar las tumbas de sus seres queridos.
En casas, comercios e instalaciones corporativas se levantan altares adornados con papel picado en tonos tradicionales: rosa mexicano, morado, naranja y azul marino. Entre las flores resaltan las cañas, el pan de muerto, los tamales, las manzanas, las guayabas, los cigarros y el tequila, iluminados por veladoras que guían a quienes regresan del más allá.
Los abuelos y los parientes mayores recuerdan que esta es la verdadera tradición nacional, la cual contrasta con el Halloween, una festividad de raíces celtas que en origen difiere del sentido solemne del Día de Muertos.
Durante décadas, sectores religiosos llegaron a calificar al Halloween como una fiesta ajena o pagana; sin embargo, las generaciones más jóvenes han adoptado un sincretismo natural: colocan el altar familiar e igualmente salen de fiesta disfrazados.
La Universidad Nacional Autónoma de México explica que el Halloween —o Noche de Brujas— deriva del festival celta Samhain, celebrado el 31 de octubre.
La festividad llegó a América con la migración europea (principalmente irlandesa hacia 1846) en países como Estados Unidos y Canadá, para luego expandirse globalmente.
En este contexto, la Iglesia cristiana intentó asimilar el Samhain fijando el Día de Todos los Santos el 1 de noviembre y el de los Fieles Difuntos el 2 de noviembre.
En México, ambas expresiones coexisten. Durante el 1 de noviembre (Día de Todos los Santos o de los "Niños Difuntos"), los pequeños salen disfrazados a pedir "calaverita", mientras los adultos asisten a fiestas de disfraces o participan en eventos masivos como la Marcha Zombie en la Ciudad de México.
Asimismo, la historia del término guarda sus propios matices: el uso de la frase "Día de los Muertos" (incluyendo el artículo "los") se popularizó masivamente por traducción del inglés (Day of the Dead), extendiéndose su uso a la par del tradicional Día de Muertos.
La misma Biblioteca del Congreso de EE. UU. resguarda hoy amplias colecciones sobre esta tradición: desde grabaciones de campo con leyendas de aparecidos y el clásico cinematográfico de Frankenstein, hasta lecturas de autores hispanoamericanos que entrelazan a los vivos con los muertos, como Juan Rulfo (Pedro Páramo), Valeria Luiselli (Los ingrávidos) y Álvaro Enrigue (Muerte súbita).
En la cosmovisión mexica, el festival se conmemoraba durante el noveno mes del calendario solar (hacia agosto) y era presidido por Mictecacíhuatl, la "Dama de la Muerte" y esposa de Mictlantecuhtli, Señor del Mictlán.
Con la llegada de los españoles y la evangelización, las prácticas indígenas se fusionaron con el calendario católico, haciendo coincidir el culto a los ancestros con el final del ciclo agrícola del maíz.
En la visión indígena contemporánea, la muerte no representa una ausencia sino una presencia viva: las almas regresan transitoriamente al mundo terrenal para convivir con los suyos y nutrirse de la esencia de los alimentos colocados en el altar.
Simbología del Altar:
LA CATRINA
La figura emblemática de La Catrina tiene más de un siglo de historia. Fue concebida originalmente por el grabador e ilustrador José Guadalupe Posada bajo el nombre de "La Calavera Garbancera".
Nació como una sátira hacia los "garbanceros": personas de origen indígena que pretendían aparentar un estilo de vida europeo negando sus propias raíces. De ahí el sombrero ostentoso en una calavera desnuda, condenando la vanidad y la apariencia.
Fue el muralista Diego Rivera quien en 1947 la bautizó como "La Catrina", vistiéndola de gala en su célebre mural Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central (hoy resguardado en el Museo Mural Diego Rivera), donde se retrató a sí mismo de niño tomado de su mano, junto a Frida Kahlo y al propio Posada. Como decía el ilustrador aguascalentense:
A la par de las ilustraciones nacieron las calaveras literarias: versos satíricos y rítmicos que en estas fechas se dedican a vivos y muertos para recordar, con picardía mexicana, la inevitabilidad del destino final.
A lo largo del tiempo, la imagen de La Catrina ha trascendido la ilustración y la artesanía en barro para convertirse en un ícono de la cultura pop global:
Y así, mientras algunos pasan la noche en vela junto a las tumbas en los panteones de Mixquic u Oaxaca, otros montan ofrendas en sus hogares o bailan en fiestas de Halloween.
En México, la muerte se vive como una experiencia compartida donde el altar funciona como un puente invisible entre el cielo y la tierra.
Y las palabras del rey poeta Nezahualcóyotl cobrarán vigor eternamente: aunque sea de oro se rompe, aunque sea plumaje de quetzal se desgarra. No para siempre en la tierra: sólo un poco aquí.
—Santo y glorificado sea tu nombre…
Orarán los más devotos, mientras el aroma a copal lo impregna todo, los pétalos de cempasúchil se dispersan con el viento y el fuego consume la cera así como el tiempo consume la vida.
Amén.
CIUDAD DE MEXICO, 27 DE NOVIEMBRE DE 2026
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